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Diario del fin del mundo

La última novela de Mario Mendoza, Diario del fin del mundo, lleva al lector a una historia que se escucha a través de varias voces y lo conduce por una especie de subterráneo del que surgen todo tipo de personajes: desde una hermosa fotógrafa cuya vida, vista de cerca, se consagró al arte y a la búsqueda de sentido, pero que está ausente en el momento en que es evocada por los dos hombres que más la amaron y tal vez comprendieron; un inmigrante alemán anclado en una vieja casona del centro de Bogotá, sumergido entre recuerdos y huyendo de una o muchas culpas; el horripilante doctor Joseph Mengele, médico e investigador nazi que luego huyó a Latinoamérica, donde continuó con sus experimentos sobre los gemelos, y la increíble relación del propio Hitler con Colombia. Todo esto va surgiendo a medida que dos antiguos amigos se reencuentran y, a través de cartas y llamadas, intentan reconstruir el pasado que los unió, mucho más allá de lo que ninguno fue consciente.

En esta novela, tal vez una de las más personales de Mario Mendoza, vemos surgir de nuevo sus viejas obsesiones narrativas: la forma epistolar, que va desenredando la trama de una profunda amistad y la lleva a sus últimas consecuencias; o la novela negra, esa que en sus libros se suele presentar con el investigador Frank Molina, un hombre de la calle profunda, alcohólico, bipolar, marihuanero y adicto al porno, que le ha permitido al propio Mendoza teorizar sobre lo que él llama “policiaco psiquiátrico”. En esta ocasión, Molina le ayudará al propio Mario Mendoza, autor y personaje, a comprender y desentrañar los secretos de un anciano y su relación con el entorno bogotano. Es el propio Mario, con nombre y apellido, con su profesión de escritor y sus libros, quien está en el centro de la historia y va organizando los hilos narrativos, mezclándose con sus propios personajes y llevando a cabo una investigación que muestra al lector algunos aspectos de la relación entre Colombia y el derrotado Tercer Reich.

También, como en sus libros anteriores, en este predomina un intenso sentido de la amistad que va unido a una mirada crítica de la realidad, a un profundo descreimiento sobre los valores que predominan en nuestras sociedades occidentales, y un gran desapego al mundo material, como vemos con su amigo Joseph, otro náufrago que decidió refugiarse en medio de papeles y libros, para observar desde ahí el mundo y ofrecer su mirada escéptica, burlona y por momentos cruel, anuncio de sucesivas apocalipsis. Es lo que el lector encuentra en el Diario del fin del mundo, al final del libro, algo muy característico del estilo de Mendoza, que usa la forma del diario para intercalar voces nuevas e introducir ideas y reflexiones, siempre provenientes de solitarios que luchan contra una galería de fantasmas, y que cuentan con un potente radar que los hace ser despiadados con la vida y sus banales ritos.

“La gente morirá por depresión”, dice al final el diarista, “las ciudades serán en realidad prisiones con celdas donde cada quién sentirá horror de salir a la calle”. Es la descarnada realidad del mundo literario de Mario Mendoza, sus obsesiones y análisis, algo construido a través de más de una docena de novelas, todas interconectadas, que nos ayudan a interrogarnos y sin duda a comprender el propio espacio en el que vivimos.

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