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Feria del Libro en Bogotá

Como todos los años, en Bogotá el mes de abril es temporada de fuertes lluvias, frío polar y Feria del Libro. Tal vez las bajas temperaturas le convienen a la lectura. Dan ganas de sentarse frente a una chimenea o taparse bien en la cama y perderse entre las páginas de un libro. Con mayor razón ahora que, según las encuestas, subió el índice de lectura en Colombia (a 2,9 libros anuales).

El país invitado es Argentina y la verdad es que el pabellón me gustó, aún si reconozco que puede ser polémico, pues se centra en uno de los grandes estereotipos de Argentina que es el fútbol, que sólo de manera circunstancial tiene que ver con la literatura. La portada del cuadernillo de actividades tiene los colores celeste y blanco del equipo nacional, y en la entrada del pabellón hay una cancha, con pasto sintético.

Pensé en Fontanarrosa, que era un gran humorista y un buen escritor; incluso en Valdano, gran futbolista y, digamos, persona culta y leída. Tal vez Osvaldo Soriano, ese sí muy futbolero, y puede que alguno más joven. Pero aparte de esto, la idea del fútbol es ajena a los grandes escritores argentinos: la trilogía Borges, Cortázar y Sábato, que creo haber leído de cabo a rabo. Pero así y todo es un ambiente agradable. El otro polo, en un círculo central, es el tango. Claro. Al verlo recordé una novela de Vásquez Montalbán, El quinteto de Buenos Aires, en el que su detective Pepe Carvalho, de viaje a Buenos Aires, intenta hacer una síntesis de los estereotipos del país y concluye: “Maradona, tango, desaparecidos”.

Y luego, eso sí, una enorme librería que se reconcilia y le da todo el sentido, una librería en la que la gente hace fila para entrar y hay una larga espera en las cajas registradoras, evidencia de que el lector colombiano aprecia la literatura argentina, que es tan diferente a la nuestra. Mirando sus estanterías, por cierto, volví a encontrar a uno de los autores para mí más geniales de ese país, Rodolfo Fogwill, un caso típico de escritor desobediente, por desgracia muy poco leído en Colombia. Es uno de los raros narradores de ese país que se sale del formato tradicional y cuenta historias que provienen de su vida (y no de otros libros). Su novela Los pichiciegos, sobre la guerra de Las Malvinas, es grandiosa, lo mismo que textos un poco más culteranos y herméticos como Urbana o Cantos de los marineros de la pampa. También estaban allí casi todos los libros de dos otros mitos más recientes: César Aira (muchos títulos, tal vez demasiados) y Ricardo Piglia, con los volúmenes de su último proyecto, Los diarios de Emilio Renzi.

De mis afectos, por supuesto, las novelas y libros de crónica de Martín Caparrós, quien tiene al menos dos libros que juzgo geniales. También Pablo Ramos, otro escritor desobediente y talentoso, y la obra completa del para mí misterioso Juan José Saer, al que intento leer hace dos décadas sin éxito, pero sabiendo que es un gran escritor cuyas puertas siguen cerradas para mí.

Y al mirar hacia arriba, vemos colgadas y en formato grande los retratos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, con su particular visión de las más grandes plumas del país austral, calificado por Mario Vargas Llosa como el “mejor fotógrafo de escritores del mundo”. Sólo Mordzinski para ponerle rostros literarios a esa gran tradición letrada del sur de América que nos visita.

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