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Versus la pérfida Albión

Nuestra batalla deportiva contra Inglaterra se desplazó ahora de la cancha de fútbol a las carreteras francesas. Y comenzó igual para nosotros, perdiendo: con el trágico Nairo golpeado por el destino en la primera etapa, un destino esquivo y cruel que, por absurdo, alcanzó también a Froome, nuestro satánico rival, el cual, como sucede con los antagonistas en los filmes de acción, siempre empieza ganando, con el problema añadido de que Froome, por lo general, gana también al final. Y ahí está nuestro dilema, encarnado en Nairo y en la Selección. O al menos hasta ahora es así, en lo que se refiere al Tour de France.

Pero aún quiero decir algo más sobre el partido contra Inglaterra, ya con la tranquilidad de la distancia, y es el modo fiel en que, en las batallas decisivas, Estados Unidos siempre ha estado del lado de Londres. Pensemos en el presidente Roosevelt apoyando la solitaria lucha de Churchill contra el energúmeno Tercer Reich, o las decenas de miles de soldados de Estados Unidos enterrados en los campos europeos, donde perecieron dando auxilio a los ingleses en la Primera Guerra Mundial. Fiel a esa tradición, el árbitro norteamericano Mark Geiger no dejó solos a los futbolistas ingleses en un momento clave, pues sin su ayuda entusiasta y conmovedora Inglaterra no habría logrado ganarle a nuestra Selección, que tampoco estuvo en su mejor día. Pero es que comenzar perdiendo un partido por penalti injusto es difícil. Lo único que le faltó al árbitro Geiger fue abrazarse con Kane cuando puso el balón en la red disparando desde el punto de penal. Luego, tal vez sabedor del peligro que representaba Yerry Mina, protegió la portería inglesa al no concederle ningún tiro de esquina a Colombia, hasta que llegó el que era imposible de disimular, después de la asombrosa atajada del arquero inglés a un tiro de Mateus Uribe. Y eso sin hablar del gol anulado a Bacca, que el juez de línea ha debido dar por bueno, pues él mismo evitó la entrada del segundo balón al campo y corrió siguiendo la acción, pero no hubo nada qué hacer ya que el árbitro canceló todo. Sobran, pues, los ejemplos, para confirmar que sobre la cancha había doce jugadores ingleses contra once colombianos, igual que hace cuatro años, cuando doce brasileños vencían a una Colombia de once. Pero así ha sido siempre nuestra historia, injusta. Qué le vamos a hacer.

Y ahora sí llegando al Tour, de nuevo hay un increíble malestar o sensación de injusticia, pues Froome dio positivo en la Vuelta a España 2017 y nadie dijo nada. La Unión Ciclística Internacional le permitió salir de nuevo en Francia, este año, a sabiendas de que hay algo raro en ese hombre superdotado que dice tener asma, lo que le permite tomar un medicamento que hace que sus pulmones puedan incorporar más oxígeno del normal. Algo que para un ciclista es como un segundo tanque de gasolina. ¿Qué habría pasado si a un colombiano le encuentran un doping similar? Lo habrían expulsado de la carrera y le habrían quitado los premios, y el equipo lo habría echado con multa y sanción. Porque en el fondo esos países, en lo deportivo, nos siguen mirando por encima del hombro. No hay que victimizarse, ya que no somos los únicos a los que los poderosos miran así, sino seguir. Porque el único modo de luchar y tal vez algún día vencer es seguirlo intentando.

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