víctor diusabá rojas

La ola del ‘sharenting’

No tengo Facebook, mi cuenta de Twitter anda con telarañas y sigo haciéndome el pendejo a las insinuaciones de mis hijos para que abra cuenta en Instagram. Igual, creo existir. Como lo demuestra el hecho de que respondo (además con exagerada prontitud), los mensajes de WhatsApp, tras aceptar, no sin dolor, que son mínimas las posibilidades de que en estos tiempos alguien atienda mis llamadas telefónicas.

Debo estar perdiéndome de muchas cosas buenas, pero esa obsesión por cuidar de la intimidad echó raíces en mí y no creo que haya especialista capaz de extirpar la fobia que padezco a la exposición pública.

Respeto, cómo no, a quienes en cambio andan conectados todo el tiempo, pero sí tengo reparos a una tendencia que y ni siquiera es eso sino un fenómeno imparable, el ‘sharenting’. Es decir, la suma de ‘share’ (compartir) y ‘parenting’ (criar). Esa enfermedad social que consiste en poner fotos de niños -de sus niños- en las redes sociales.

Sobre eso, veo una cifra en un artículo de La Vanguardia de Barcelona que me resulta asombrosa: en el Reino Unido, un niño(a) de cinco años de edad tiene puestas, en promedio, 1500 fotografías en esa infinita galería actual a dónde van a parar nuestras vidas, casi siempre, sin permiso.

¿Cuál será la media colombiana? Me asalta el temor de que esté por ese orden si uno se atiene a lo que sucede hoy en una fiesta de niños, donde aparte de sentirse la ausencia de payasos (pronto pasará también con la piñata), todo el mundo ejerce de fotógrafo con su amado ‘smartphone’.

Pero vuelvo a la pregunta: ¿cuál es el promedio nacional de esas fotos por niño que andan dando vueltas de teléfono en teléfono y de las que nos sentimos tan orgullosos? Si me guío por lo que ponen en su WhastApp algunos conocidos, diría que los británicos son más bien reservados. Durante los últimos dos años he visto crecer a diario hijos y nietos de amigos y conocidos sin jamás ver a sus críos físicamente. Lo agradezco y me alegro que todo vaya bien; pero, ¿se habrán cuestionado ellos si todos sus destinatarios, incluidos los amigos invisibles del facebook o las réplicas de estos mismos, hacen buen uso de ese material?

A lo mejor, comenzando por quienes ejercemos el oficio periodístico, deberíamos tomarnos el trabajo de mirar las recomendaciones de los expertos. La primera de todas, esa que me inculcó una abogada de un medio de comunicación: la divulgación de la foto de un menor debe contar con el permiso de sus padres, además por escrito, fuere cual fuere el motivo que haya llevado a ponerla en sus páginas impresas o en el medio digital. Exigencia legal, estimada licenciada, que casi nunca cumplimos.

Claro está, una cosa es un medio de comunicación y otra cosa, el ciberespacio. Sin embargo, ¿tiene usted derecho, sin el permiso de sus hijos, protagonistas de esas fotos o videos, a exponer las imágenes en que aparecen? ¿Por ejemplo, cuando hacen el ridículo? ¿Se reirán ellos igual -no ahora, sino en unos años- como lo hace ahora usted, sus amigos y quién sabe cuántos desconocidos, de esos instantes que se hacen virales en que chicos ruedan por el piso fruto de torpeza, dejan en evidencia su ingenuidad o simplemente parecen idiotas ante la trampa de un bromista?

¿Es el ‘sharenting’ una exageración? Ya lo dirá el paso del tiempo. Igual, la gente se mantendrá en esa onda de hacer público lo que merecería ser medianamente privado. Que tampoco es un imposible si se usan filtros dispuestos por la misma tecnología para blindarse ante posibles riesgos. Eso sí, averigüe en otro lado cómo funcionan. No tengo ni idea cómo se hace y, aparte, acaba de timbrar el teléfono fijo de la casa y no voy a dejar pasar semejante oportunidad.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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