víctor diusabá rojas

Ley seca en contexto

Paso con alguna frecuencia frente al bar de Tuluá donde se dice que en los años duros de la violencia bipartidista pegaron el aviso aquel que prohibía a los contertulios hablar de política y religión (¿o era de religión y política?).

Ya no está en los muros del local la categórica advertencia, aunque hay que decir que en la actualidad la temperatura electoral del país tiene su propio color, ese maluco de la polarización. El mismo con que se han malogrado -y, a veces, roto- relaciones familiares y de amigos, engarzados en esos odios que no encuentran sanación.

Hemos entrado además en otro terreno que tampoco es solución, el de la autocensura. Como en los tiempos aquellos, no falta quien proponga hablar de otras cosas menos de lo que hoy tanto urtica. Hace apenas unas noches, en una cena de amigos, a la hora de la despedida alguien admitió su mea culpa por haber caído -y con él, nosotros, dijo- en la tentación de hablar de candidatos y favoritos. Vea pues.

Lo que de verdad debería preocuparnos son otras expresiones que se parecen mucho al triste ayer. Por ejemplo, la violencia embozada que sigue matando (¿de manera sistemática?) a líderes campesinos y dirigentes populares, lo que no resulta gratuito a la puerta de los comicios que se vienen. Y las acciones criminales de algunos (ELN, bacrim, disidencias de las Farc, Clan del Golfo, y similares), empeñados en seguir haciendo de la muerte un elemento cotidiano en regiones muy concretas. Aparte de la intolerancia de quienes, más allá de no compartir lo acordado en La Habana, orquestan el rechazo virulento y sin medida a las apariciones públicas de quienes decidieron dejar las armas y apostar por el ejercicio político.

En realidad, ¿cuánto hemos evolucionado en el manejo de las pasiones políticas y el respeto por los contradictores? Mucho, si de comparar se trata la forma cómo solían terminar las discusiones de los 50 a las desavenencias de hoy. Claro está, si uno mide la actual polarización en las redes sociales, la impresión es que estamos en un callejón sin salida. Por fortuna, para quienes formamos parte de esa silente mayoría que no le saca tiempo a tanta majadería que circula ahí; o que, por salud mental, decidimos cerrarle la puerta a tantos desadaptados que, además, se escudan en ellas tras el anonimato, hay que concluir -lo dicen las estadísticas- que nunca como antes la sociedad colombiana se mató menos por las diversas formas de pensar.

¿Estamos listos entonces para dar otro paso en el sentido de la convivencia? Ahí está una nueva prueba, la de prescindir de la ley seca el día en que salimos a votar. Una idea que no comparto del todo, pero que es digna de debate. Quizás, para comenzar, lo mejor sea reducir el largo período de prohibición de bebidas alcohólicas que hemos aplicado en los últimos años. ¿Podría quizás ser desde las tres de la madrugada del domingo, día de los comicios, hasta las seis de la mañana del lunes siguiente?

Hay aquí una buena oportunidad de medirnos frente a nuestros propios excesos. Y un reto para saber si avanzamos en materia de cultura ciudadana y de control social. Porque, como en muchas otras cosas, esta no debería ser tarea exclusiva de la Policía Nacional.

Si sale bien, tendríamos más razones para dejar de calificarnos como un pueblo borracho y salvaje. Y también un avance (eso sí, con voto electrónico de por medio) en la meta de poder, más adelante, hacer elecciones en día hábil, sin alterar nuestras obligaciones laborales, como se hace en otras naciones. Otra forma de construir un Estado en el que prime la confianza.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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