víctor diusabá rojas

Más que aniversario

Siete décadas después, el 9 de abril de 1948 sigue siendo el mayor pliegue de nuestra historia. Quizás no exista un día igual que haya marcado a tantos colombianos y a tantas generaciones.

¿Qué fue El Bogotazo? Una interminable sucesión de hechos -y sentimientos- que en el término de horas convirtió en ruinas el centro de la ciudad y puso a prueba la fortaleza de las instituciones. La furia popular y sus efectos sorprenden por su dimensión. Al lado de esa urbe hecha ruinas en su centro histórico, impresiona la cifra de muertos. La prensa de la época cifró el saldo en 550 vidas perdidas, pero una investigación de Paul Oquist asevera que fueron unas 2500. Hay otro cálculo, el del registro municipal de entierros; poco más de 1300.
Pregunta: ¿estaban incluidos en este último conteo quienes (no pocos) fueron a parar a las fosas comunes?

¿Y cómo se mantuvo en el poder el gobierno de la época -con Mariano Ospina Pérez y su mujer, Bertha Hernández, a la cabeza? Gracias a la reacción inicial del batallón Guardia Presidencial y, luego, de tropas del Ejército, algunas de ellas importadas de provincia. Hubo allí una efectiva demostración de fuerza y estrategia para evitar el cerco que pretendían los amotinados empeñados en marchar sobre Palacio, porque no todo fue saqueo y pillaje. Eso en el plano estrictamente militar.

Sin embargo, lo más importante para los Ospina Hernández y su partido fue la otra operación, esa silenciosa y calculada con que se hicieron al control político, frente a una oposición literalmente presa en Palacio y nada ajena a canjear la memoria del líder inmolado por un plato de lentejas. Después, esos mismos que firmaron en la sombra serían testigos, y algunos de ellos víctimas directas, de aquella feroz persecución partidista y religiosa contra todo lo que oliera a ‘nueveabrileño’ y liberal. Y vean cómo es la vida: los autores de tanto dolor y sangre terminaron, también, por pasar de agache frente a la responsabilidad histórica.

¿Y Gaitán? Pues el Jorge Eliécer Gaitán que había pedido a los suyos que lo siguieran si avanzaba, que lo empujaran si retrocedía, que lo mataran si los traicionaba y que lo vengaran si alguien se atrevía a asesinarlo, moría en vano. Por la imposibilidad de alcanzar la Presidencia y generar algunos de los cambios con los que soñaba (casi todas reformas de un reformista). Como no menos por la incapacidad, o la miopía, de generar un movimiento de masas que estuviera por encima del caudillismo que él mismo encarnó y promovió. El gaitanismo era macrocéfalo (y eso al propio Jorge Eliécer no parecía molestarle). Mejor dicho, Gaitán sabía del riesgo, si lo mataban, su idea se iba a desangrar al mismo tiempo con él, e hizo poco y nada frente a ese escenario tan posible.

Pero si alguien sabía de esa debilidad eran quienes decidieron quitarlo de en medio. ¿Quiénes fueron?, me preguntaba en estos días un amigo, casi que con ingenuidad. Cualquiera de tantos que lo tenían en la mira. Gaitán era incómodo para mucha gente. Su capacidad de interpretar los clamores de tantos desposeídos significaba un riesgo. Tanto en el contexto interno como en el juego de intereses de las potencias en esos primeros momentos de la Guerra Fría. En conclusión, a Gaitán no le faltaban enemigos dispuestos a todo. Solo que Juan Roa Sierra se les adelantó y les hizo el favor de apretar el gatillo.

El hombre que quiso ser un pueblo vuelve a ser protagonista, en el 70 aniversario del crimen del siglo. En un país político que si algo ha hecho es usurpar su nombre, como ya lo veremos hoy 9 de abril en declaraciones y trinos. Pero Gaitán, con sus más y sus menos, con sus contradicciones, solo hay uno y se llamó Jorge Eliécer.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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