víctor diusabá rojas

Por los buenos

El día de la semana pasada en que Carlos Vives y su banda, junto a ChocQuibTown y Sebastián Yatra convirtieron Viña del Mar en una fiesta a la colombiana, no me pregunté por qué dicen que somos la gente más feliz del mundo sino, ¿a cuánta gente somos capaces de hacer felices los colombianos en el mundo entero? Me faltaron dedos, eso que incluí los de los pies.

Comienzo por los músicos (término que un amigo -músico, él- considera delicado de atribuir por la grandeza que encierra). Por ellos, que hacen de la vida una canción y de la canción la vida misma. Más allá de que me gusten o no sus géneros musicales, creo que pocas sociedades se pueden dar el lujo de tener tantas estrellas simultáneas que signen el destino de esa expresión artística en el planeta.

Hablo de Shakira, Maluma, Juanes, el propio Vives, Fonseca, J Balvin y muchos más. ¿Cuántos seguidores tienen? Cualquier cifra se puede quedar corta. ¿Dónde sonaron -y en cuántas oportunidades- sus canciones este fin de semana? En clubes y discotecas que van de Alaska a La Patagonia; y de Johannesburgo a Los Ángeles, o de Beijing a París, mientras esos lugares eran un solo coro, incluso hecho en español.

Enseguida, vale parar en la estación de nuestros escritores. De los de antes y de los hoy. De todos aquellos que han afrontado con una sola herramienta -la calidad- el reto de ser compatriotas (no sucesores) de maestros como Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, No cito nombres porque, para usar el lugar común, sería injusto. La misma pregunta, ¿a cuánta gente en el mundo le llena leerlos?

Y los deportistas. ¿Cuántos franceses sueñan con Nairo (o con ‘Rigo’, o con Chávez) como campeón del Tour y se ponen más de su lado que del de Froome, un respetable campeón, mientras no se demuestre lo contrario? ¿Y cuántos alemanes que siguen al Bayern Münich no se van hechos gozo a casa los fines de semana, tras disfrutar con este James último modelo que se dedicó al fútbol? ¿O seguidores del Mónaco, por Falcao?

En una café de Viena, o de Bruselas o de Tokio o de Toronto, ¿cuántos piden que les dejen ver, de nuevo, el empaque de ese café especial que acaban de degustar sorbo a sorbo?, mientras preguntan, ¿dónde quedan Trujillo, Ituango, Briceño, y tantos otros pueblos donde se procesa ese sabor único?

Y quienes vienen a experimentar cómo es por dentro esta tierra y luego se van a contarlo a boca llena para que otros sigan los caminos que recorrieron, ¿cuánta alegría se llevan en sus mochilas?

No estoy siendo presa de un ataque de chovinismo. De hecho, los artistas son notables, fruto de su propia esencia, no como resultado de su nacionalidad. Y los deportistas sacan pecho cuando consiguen un oro olímpico o el pódium más alto, no por cuestión de raza (lo que también sería fascismo puro), sino por dedicación y valentía. Y el café selecto también es más que suerte, es trabajo.

Cuando nos toca pagar esas caras cuotas de estigmatización en aeropuertos y similares por el mero hecho de ser colombianos, deberían saber quienes nos arrinconan (y deberíamos antes saberlo nosotros, porque lo olvidamos con frecuencia), que, en esencia, somos gente buena.

No he tocado el tema por simple casualidad. El próximo domingo, en las elecciones, vote, por quien quiera (ni más faltaba, siempre lo he dicho, utilizar espacios como este para recomendar candidatos). Sí, vote por quien quiera, pero deténgase antes a pensar si esos colombianos a los que usted ha decidido apoyar en las urnas, se parecen a tanta gente buena que, en medio de las dificultades, hace grande este país. No es tan difícil acertar cuando sobran los ejemplos de lo que debe ser; y también, de que no.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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