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Así es la vida de los excombatientes en Cali un año después de la firma de la paz

Así es la vida de los excombatientes en Cali un año después de la firma de la paz

¿A qué se va a levantar tan temprano? ¡Deje dormir!”. Este regaño, pronunciado por una somnolienta hermana, le hizo entender a ‘Paola’ que ya no tenía que levantarse a las 4:30 de la madrugada y que el intenso ejercicio ya no era una obligación al comenzar el día.

Ella, que desde la firma de los Acuerdos de Paz volvió a llamarse Jenny, confiesa que desde entonces se ha dado el lujo de seguir en cama incluso hasta después de las 10 de la mañana.

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Pero lejos está de llevar una vida lenta. A solo dos meses de haber salido del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr) de La Elvira, en el Cauca, esta excombatiente de las Farc ya casi termina de remodelar la casa que recibió de herencia y está empeñada en seguir haciendo trabajo político en las comunas de Cali en nombre de la nueva Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

Seguro los arreglos deberán estar listos antes de poner el árbol de Navidad, época que este año tendrá un significado muy especial para quien desde los 19 años hizo parte del Frente Urbano Manuel Cepeda Vargas y del Frente 30 de la desmovilizada guerrilla.

Una vez finalizaron las zonas veredales, cada uno de los excombatientes debió recibir, por una sola vez, dos millones de pesos para satisfacer sus necesidades básicas

Y es que si bien la voz gruesa y segura con la que esta tulueña narra las vicisitudes de la guerra, refuerza su aspecto de mujer ‘de hierro’, también es cierto que su corazón quiere hacer la paz con la distancia que la alejó de sus tres hijos cuando todavía eran niños.

Ese anhelo fue el que la impulsó a decirle adiós a los escasos compañeros de lucha que aún quedan en La Elvira y a sumarse al medio centenar de exguerrilleros que hoy por hoy están asentados en la Sucursal del Cielo.

Paola o Jenny -le da igual cómo la llamen- decidió entonces regresar a Las Veraneras, un rincón de Los Chorros, desdedonde un día se fue “sin estar muy consciente” a la subversión.

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Allá se llega esquivando forámenes en ‘motorratón’ durante quince minutos loma arriba desde la Calle Quinta hasta alcanzar un Belén conformado por un centenar de casas donde habitan varios exmilicianos cuya vista choca con una imponente montaña verde.

Diáspora de desilusión

En ese paraje, quien reconoce que lloró el día que le dijo adiós a su arma, ha logrado recuperar la tranquilidad que perdió una madrugada de 2008, cuando un bombardeo en el Naya le hizo trizas su pierna izquierda.
“Éramos trece y tres quedamos vivos”, dice quedamente, pero al instante recobra el aliento y deja en claro que “en la guerra todo se vale”.

"Los incumplimientos del Gobierno en las zonas veredales generó mucha inconformidad en la gente. Por fortuna, los que han salido ha sido a la vida familiar y esperar orientaciones del partido, mientras otros se ocupan allá de la transformación de lso espacios rurales",
René Nariño,
líder de las Farc en Cali.

Tal vez por esa misma filosofía, aunque a media voz, reconoce que hizo parte del grupo que tuvo la misión de “coger y entregar” a los diputados del Valle. Luego sería capturada en su casa y llevada a la cárcel de Jamundí, de donde salió el pasado 22 de febrero, como resultado de las amnistías pactadas entre el Gobierno y Farc, con la intención de reagruparse en la zona veredal en Buenos Aires, Cauca.

Allí permaneció casi un semestre estudiando el Acuerdo de Paz y capacitándose en diferentes áreas, “pero el incumplimiento del Gobierno nos aburrió y nos desilusionó y por eso cada uno está cogiendo para su lado”.

Las palabras parecen calcadas en la voz de Jhon, primo de Paola y también exmiliciano, beneficiado con la amnistía que le permitió salir de la cárcel Villahermosa, de Cali, el 2 de enero de este año, dos décadas después de aquel 21 de agosto en el que decidió enlistarse en la guerrilla para huir de la pobreza y la tentación de las drogas.

Y aunque al hablar de proyectos para mejorar la calidad de vida de quienes habitan en Las Veraneras transmite la sensación de estar al frente de un futuro concejal o candidato a la Alcaldía, se dice contrario a la política “porque el poder corrompe” e insiste en la decepción que le producen “los políticos, que destrozaron la implementación”.

Católico de los que no van a misa y exalumno del Colegio Eustaquio Palacios, ahora anda de nuevo por las calles de Cali sin mayor temor que el que sintió durante un bombardeo del 2009 en el Alto Naya que dejó “muertes muy dolorosas” y le dañó para siempre el brazo izquierdo.

El pasado jueves, por ejemplo, atravesó la ciudad para empezar un curso en la sede del Sena en el barrio Salomia, al que accedió a través de la Agencia Colombiana para la Reintegración. Está seguro que estudiar le permitirá buscar mejores oportunidades para su comunidad y también contribuirá a cumplir el que ahora es su objetivo más importante: recuperar el cariño de los dos hijos mayores a los que no vio crecer.

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Por ellos, dice, vale la pena revelar su condición de excombatiente ante personas desconocidas, experiencia de la cual salió bien librado hace poco, cuando tramitó una orden para hacerse operar una hernia. Pero, quien en el Facebook y en Twitter permanece en la clandestinidad. La acogida de este buen funcionario contrasta con el rechazo que todavía se percibe en las redes sociales hacia las Farc.

También en el Distrito

Una porción de la diáspora de casi trescientos farianos que han salido hoy del Espacio Territorial de La Elvira, donde se llegaron a contar 400, también han aterrizado en Siloé y Marroquín, Desepaz y otros barrios del Distrito de Aguablanca.

En uno de esos sectores, Horacio también intenta rehacer su vida tras veinte años de lucha armada, con la bandera de la reconciliación del hogar.

Desde que terminaron las zonas veredales y se dio paso a los Espacios Territoriales, los excombatientes tienen ciudadanía plena y el derecho de libre locomoción.

En su caso, sus hijas de 22 y 20 años son también el motor que lo impulsa a no claudicar, pese a que aún no ha podido acceder a la bancarización -así llaman al proceso por el que reciben los $660.000 mensuales que sus negociadores pactaron con el Gobierno-.

Él, que confiesa que “a algunos nos gustaba más la guerra que el estudio”, cuenta que, tras recibir su amnistía en julio de 2016, fue de los primeros en asentarse en La Elvira. Por eso, y porque entregó su arma, le resulta inaudito que su nombre aún no aparezca en el listado de quienes deben recibir los beneficios con los que el Estado se comprometió en el acuerdo firmado.

“Es duro salir, pero ya no era lo mismo, tras el incumplimiento. Por eso muchos salieron del Espacio Territorial incluso sin firmar ningún papel”, dice quien cursó hasta cuarto de primaria, para explicar por qué algunos de sus excompañeros no buscaron a sus familias si no que se refugiaron en otros grupos armados ilegales.

“Algunos se fueron para otros lugares del Cauca y ya hasta los mataron”, confiesa el hombre de 39 años que el pasado viernes madrugó a radicar una acción de tutela con la esperanza de que por esa vía logre que la Oficina del Alto Comisionado para la Paz lo reconozca como exsubversivo.

Según lo acordado, es obligación del Estado atenderlos tanto dentro como fuera de los Espacios Territoriales. Para este último caso, la ARN cuenta con 34 sedes en todo el país.

En cambio, René tiene los mejores recuerdos de su paso por La Elvira. Así lo delata el brillo de sus ojos cuando narra que justo allá reencontró un amor que le había resultado huidizo años atrás en la capital del país.
Oriundo de Vélez, Santander, había nacido en una familia al que la amenaza paramilitar terminó obligando a trastearse con sus ideas de izquierda a Bogotá. Y cursaba quinto semestre de ciencias políticas cuando un asalto del Ejército a un escuadrón de las Farc que operaba en el Sumapaz dejó en evidencia su condición de miliciano y fue capturado.

Farc en Cali René Nariño

René reconoce que en ocasiones ha sentido temor al sentir que es objeto de seguimientos. Aun así, asegura que, para él, la violencia es cosa del pasado.

Jorge Orozco / El País

Hasta allí, pensó Rene, había llegado entonces su incipiente relación con Laura, la misma chica que doce años después se toparía vestida de voluntaria, llevando medicinas para los perros y gatos ‘desmovilizados’ a la zona veredal más grande del Cauca.

Doce años en los que él fue movido entre La Picota, La Modelo y otros penales en los que siempre se destacó como líder de los internos, hasta el 11 de mayo del 2017, cuando la buena noticia de la Paz se convirtió en su boleta de libertad.

Ahora, sentado en un parque del sur de Cali, todavía recuerda que en esa fría noche su mamá y un amigo lo esperaron en una calle capitalina y que al día siguiente celebró con una chuleta.

Sin embargo, sabía que Laura y la madre de su pequeña hija no eran las únicas que se habían enterado de su nexo con las Farc por los medios de comunicación, por lo que el fantasma paramilitar lo cohibió de regresar a su casa, pese al deseo de compartir con su hermana, quien padece una situación de discapacidad severa a nivel auditivo.

En un primer momento pensó en reportarse con sus superiores en Bogotá, pero para entonces esa ciudad ya se había convertido en la meca de muchos farianos, así que recordó el aliento que ‘Pablo Catatumbo’ le había dado en sus días de prisión y se enrrutó a La Elvira, donde semanas después el destino lo volvió a juntar con Laura.

Enamorado de ella y de Zico, un canino de 5 años, poco tiempo pasó hasta que la llamó y le pidió posada en su apartamento de Cali, donde funge como una de las tres cabezas del nuevo partido político Farc. Eso sí, entre reunión y reunión y pese a que “vivir con $660.000 mensuales es complicado”, la familia se toma sus espacios para ir a jugar a un parque o para salir a comer.

Sin embargo, para este hombre de 33 años haber dejado la seguridad de La Elvira tiene otro placentero beneficio: poder ir al Pascual Guerrero a ver jugar a su América del alma.

Es que, como monte adentro, el deporte sigue siendo un buen recuerdo y a la vez un gran aliciente en la legalidad. Que lo diga Léyner, a quien antaño su buen desempeño como basquetbolista lo llevó a México y ahora lo hace feliz cuando entrena, cada mañana, en el Coliseo Evangelista Mora.

Léyner Farc en Cali

Léyner, nacido en Buenaventura, y quien llegó a las Farc para vengar la muerte de su padre, ahora sueña con montar un restaurante donde su madre ponga la sazón.

Jorge Orozco / El País

Este porteño de 29 años que, siendo menor de edad, entró a la guerrilla para vengarse de los ‘paras’ que le mataron al papá, sueña con poner un restaurante con la sazón de su madre, el ser que nunca le reprochó por la decisión que tomó aquel día y que hoy lo bendice cuando camina rumbo al Sena en busca de un mejor futuro.

Así, con sus historias y sus realidades, tras un año de la firma del Acuerdo de Paz, estos excombatientes que ya caminan a diario por las calles de la Sucursal del Cielo parecen darle razón a quienes siempre afirmaron que Cali sería la Capital del Posconflicto.

Proyectos productivos:

Según el acuerdo, los excombatientes recibirán ocho millones de pesos por una única vez para destinarlos a:

Proyectos productivos o de vivienda individuales o proyectos colectivos, canalizados a través de la empresa de economía solidaria creada por las Farc conocida como Ecomun.

En ambos casos, los proyectos tienen que ser aprobados por el Consejo Nacional de Reincorporación, que está integrado por dos representantes del Gobierno y dos de las Farc.

De otra parte, el Estado garantizará Seguridad Social en Salud a los exguerrilleros que no se encuentren vinculados a actividades generadoras de ingresos.

Desde el Yarí

“Es que yo soy del Valle. Nací en Buenos Aires (Cauca). Por eso, después de 35 años como guerrillero militar y ahora que se acabó la guerra, me vine a mi tierra”, dice Álvaro Guazá, más conocido como ‘Kunta Kinte’, uno de los hombres que combatió al Ejército hombro a hombro junto al ‘Mono Jojoy’ en las selvas del Yarí.

De 54 años, lleva dos meses en Cali, desde donde quiere trabajar “para ver cómo podemos desarrollar lo afro desde la parte civil”. Dice que su familia está “por aquí” pero que no tuvo hijos porque “boliando machete no se podía” y que en este tiempo una de sus mayores satisfacciones ha sido probar un sancocho de gallina de verdad, es decir, el que prepara su mamá.

“Uno no puede estar donde no hay condiciones porque el Gobierno incumplió”, dice para explicar por qué él y otros excombatientes decidieron hacer su propia vida, su propia transición a la vida civil. Y agrega: “Mucha gente ha salido (de los Espacios Territoriales) sin cédula, sin certificación y sin un centavo y es un problema que ha creado el Gobierno, no lo creamos nosotros, pero sí puede conducir a errores”.

Sin embargo, insiste en alejarse del fantasma de las disidencias al que muchos temen que él llegue: “El mundo está lleno de dificultades y a veces no se sabe adónde va a parar, pero las Farc ya firmamos la paz y tenemos que cumplir”. Y esa ‘promesa’ la remata con la certeza de que no extraña su arma: “Es un pedazo de hierro, lo que vale es el hombre”.

Como él, quien se hacía llamar Santiago y el cerebro del secuestro de los diputados del Valle, dice que es necesario que el Gobierno cumpla con la bancarización. “Solo cinco meses después de haber salido en libertad, me fue autorizada y eso nos mantiene en la incertidumbre”, dice sentado en una de las bancas de La Catedral de Cali, donde llegó el pasado viernes a “pedirle perdón a la sociedad caleña y vallecaucana por ese secuestro, un hecho que nunca debió ocurrir”.

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