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Los otros males que aún 'atacan' a muchas víctimas de la violencia en Colombia

Los otros males que aún 'atacan' a muchas víctimas de la violencia en Colombia

Las secuelas que ha dejado el conflicto armado colombiano han estado latentes. El último reporte del Registro Único de Víctimas indica que hay cerca de 8.650.169 víctimas desde 1985, de las cuales solo 54.000 han recibido atención psicosocial.

El impacto de la violencia no solo deja cicatrices físicas. Un informe del 2013 de Médicos sin Fronteras demostró que al menos el 67 % de las víctimas del conflicto que han atendido presentan síntomas relacionados con afecciones en la salud mental.

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Eran las 5:00 a.m. cuando la familia Naranjo Betancur escuchó varios golpes a la puerta. Un allanamiento por parte de los agentes del F2, el organismo de inteligencia policial de la época, acabó con la tranquilidad en la casa. Entre preguntas y confusiones no entendían por qué estaban capturando a dos de sus hijos. Orlando de 21 años, y Fernando de 19, fueron llevados a la fuerza por supuestos crímenes que cometieron.

“Nos tildaron de guerrilleros, extorsionistas, secuestradores, de tantas cosas que al final nosotros decíamos: bueno, ¿y al fin qué somos?”, comenta Orlando, 28 años después del suceso, en la misma casa donde ocurrieron los hechos.

Para el padre de la familia, Eduardo Naranjo, concejal del municipio de Trujillo, su pesadilla comenzó ese 7 de marzo de 1990, en el que el conflicto paramilitar que apenas empezaba a vislumbrarse en el pueblo tocó a su puerta.

De las 1982 masacres de las que se tiene registro, la de Trujillo fue una de las más sangrientas en el Valle del Cauca. Entre 1986 y 1994, el pueblo comenzó a vivir una de las épocas más difíciles, en la que varios grupos paramilitares, entre secuestros, homicidios y torturas, cobraron la vida de 342 personas.

Aunque Eduardo conocía de cerca algunos episodios de violencia, nunca pensó vivir una historia semejante con sus seres queridos. Luego de que sus hijos fueron liberados, la familia tomó la decisión de que Orlando y Fernando se desplazaran a Medellín para que estuvieran fuera de peligro, sin embargo, por seguridad no se comunicaron telefónicamente en ningún momento.

La incertidumbre de Eduardo por no saber nada de ambos fue generando en él una crisis nerviosa. Cuenta su familia que su mejor compañía era la radio, se mantenía atento de posibles noticias sobre sus hijos. Su esperanza era simplemente nunca oír sus nombres en boca de los periodistas que anunciaban la muerte de civiles.

No habían pasado tres meses cuando las condiciones de salud de Eduardo comenzaron a decaer. Por la angustia que vivía, él, un hombre de 61 años, alto, de contextura media, que se caracterizó siempre por su excelente estado de salud, empezó a afectarse.

Recuerda su esposa, Carmen Betancur, que su marido comenzó a sufrir de insomnio, pues prefería desvelarse escuchando las noticias. “Yo le apagaba el radio a medianoche y él se levantaba a prenderlo. Él ya no dormía”, narra la viuda.

Víctimas del conflicto

Orlando Naranjo es miembro de la Asociación de Familias Víctimas de Trujillo, Afavit, con las fotografías de su padre que reposan en el museo.

Oswaldo Páez / El País

La crisis nerviosa de Eduardo lo llevó a sufrir de desnutrición. Su cuerpo se deterioró como si en tres meses hubieran pasado décadas. El 8 de junio del mismo año fue trasladado a la clínica del pueblo luego de un desmayo. Un paro cardiaco fulminante terminó con su angustia.

“Murió de pena moral el 10 de junio de 1990”, reza hoy en el informe ‘Trujillo, una tragedia que no cesa’, del Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH.

Como Eduardo, varias personas afectadas por la violencia han desarrollado enfermedades psicosociales, producto del conflicto armado, pues según un informe de Médicos sin Fronteras, de 4455 pacientes atendidos por la organización, el 67 % presentaron afecciones en su salud mental. No obstante, no existe un registro nacional exacto del número de personas afectadas psicológicamente por la violencia.

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La pena moral

La pena moral, una patología no reconocida bajo este término desde la medicina o la psicología, es definida, según la psiquiatra y especialista en Ciencias Forenses Heydy Luz Chica, como un sufrimiento asociado a una pérdida que está relacionada con los procesos de duelo que atraviesa una persona y que tiene una alteración en el componente emocional. Los diagnósticos médicos para alguien que lo padece pueden ser: reacción de ajuste, ansiedad, duelos o depresión reactiva.

Al respecto, la Organización Mundial de la Salud, OMS, no incluye el término ‘pena moral’, pero sí indica que la depresión es uno de los trastornos mentales más frecuentes y que más afecta a las personas alrededor del mundo.

Esta es definida por la entidad mundial como “el resultado de interacciones complejas entre factores sociales, psicológicos y biológicos. Quienes han pasado por circunstancias vitales adversas (desempleo, luto, traumatismos psicológicos) tienen más probabilidades de sufrir depresión”.

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En Trujillo, la Asociación de Familiares Víctimas de Trujillo, Afavit, y el CNMH, registraron diez casos de personas que fallecieron de ‘pena moral’, producto del impacto psicológico del conflicto armado entre 1988 y 1994, como le sucedió a Eduardo Naranjo.

Años después la historia se repetía en otros lugares del país. Como en el caso de María Olivares Mejía*. Una mujer que a sus 51 años tuvo que migrar con su familia desde Cundinamarca a Ecuador por las amenazas de grupos subversivos que recibía su esposo, un líder social influyente en el departamento.

Trece años después María y su familia deciden retornar a Colombia porque ella había comenzado a sufrir de hipertensión y no había podido acceder al servicio de salud en ese país. Al regresar, la Unidad de Víctimas no los reconoció en su condición de refugiados por la violencia y María siguió enfermándose. Depresión, estrés, ansiedad y desnutrición eran solo algunos de los síntomas que alertaban de una enfermedad sin cura.

Un cáncer terminal a sus 65 años culminó con su vida. El estrés postraumático y la falta de atención psicosocial ocasionada por los continuos episodios de violencia en Colombia y xenofobia en Ecuador, hicieron que desarrollara esta enfermedad. Murió de pena moral en el 2017, según estudios de Adriana Medina, investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Precisamente, un estudio publicado en 2017 por el British Medical Journal, de Reino Unido, indicó que los síntomas de depresión pueden generar alteraciones en el sistema inmunológico, lo que haría que las personas sean más vulnerables a adquirir enfermedades y a que no tengan defensas para combatir el cáncer.

El estudio analizó a más de 16000 personas, de las cuales 4353 murieron de cáncer. La investigación arrojó que el desequilibrio hormonal que implica la depresión y la ansiedad hace que tengan un 80 % más probabilidades de desarrollar un cáncer.

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Otro de los territorios azotados por el conflicto en Colombia fue el municipio de Ciénaga, en el departamento del Magdalena, que al 2015 había registrado más de 3000 víctimas.

Sin embargo, las personas fallecidas, secuestradas o desplazadas por la violencia no fueron las únicas afectadas. El informe ‘Justicia y paz: ¿verdad judicial o verdad histórica?’, del Centro Nacional de Memoria Histórica, registra el testimonio de una mujer que murió de pena moral esperando a su hijo secuestrado.

Eran las 7:00 p.m. cuando un grupo paramilitar ingresó al municipio de Ciénaga y comenzó un operativo de secuestro selectivo. Aníbal Londoño*, un hombre que se encontraba esa noche en la plaza central, fue una de las víctimas de esa toma que acabó con la vida de más de 20 campesinos.

Su hermana menor, Inés*, narró a un grupo de investigadores del CNMH el acontecimiento que marcó su vida para siempre.

“Después de varias horas de persecuciones, el bloque de las AUC indicó estar en busca de alguien que se hiciera llamar ‘el barbón’. En medio del conflicto, Aníbal, uno de los tantos hombres del pueblo que tenía barba, fue detenido y secuestrado por este grupo.

Una de las escenas que más marcó a Inés fueron las súplicas y ruegos que recuerda de la hija de Aníbal* ante el atroz acto contra su padre. “Y a mi sobrina, que les lloraba y les decía que no le hicieran daño a su papá, le dijeron que se callara, que si no, la mataban a ella”.

Cuenta Inés* que la tragedia de ese 10 de octubre comenzó a afectar anímicamente a toda la familia Londoño*, especialmente a su mamá, pues recuerda claramente los episodios de depresión por los que comenzó a atravesar su madre, Clemencia* cuando la incertidumbre por no saber el paradero de su hijo, comenzaba a acabar con su vida de manera silenciosa.

“Mi mamá entró en una depresión porque era su hijo mayor y el eje de la familia (...) Mi mamá muere a los dos años. Ella tenía aplasia medular (una enfermedad relacionada con la desaparición parcial o total de células en la sangre) y eso se le juntó con la pena moral”.

En 2001 la enfermedad de Clemencia y la pena moral terminaron con su vida.

Inés recuerda cuando, junto a sus seis hermanos, se dieron a la tarea de encontrar una persona parecida físicamente a Aníbal para que su madre, en sus últimos momentos de vida, pudiera despedirse.

“Para que se pudiera ir tranquila nosotros le dijimos: ‘mamá, tranquila, Aníbal está acá, llegó’”.

¿El diagnóstico? Muerte por pena moral. La profunda depresión y angustia por no saber el paradero de su hijo mayor, hizo que ella comenzara a mostrar otros cuadros psicológicos que no le permitieron nunca cerrar el duelo.

“El dictamen médico de mi mamá fue pena moral. Ella no quiso vivir más, se le olvidó que tenía otros siete hijos y vivió en busca de Aníbal”, concluye Inés sobre el acontecimiento más doloroso para su familia.

CIDH reconoce la muerte por pena moral

Un daño psicológico de esta magnitud es reconocido por el Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH, en la tipología de daños morales que ha dejado el conflicto armado. La entidad la reconoce como toda manifestación dolorosa del espíritu “consistente en profundas preocupaciones o en estados de aguda irritación que afectan el honor, la reputación y el equilibrio anímico de las personas”.

Pese a que la Unidad de Víctimas es la entidad estatal encargada de ofrecer atención psicosocial a las personas que han sufrido el conflicto, otras instituciones como Médicos sin Fronteras han realizado intervención psicológica a los afectados. De hecho, Buenaventura fue el primer territorio donde esta organización ofreció un servicio de atención en salud mental a población víctima.

Y aunque no se tenga un registro exacto de las personas que han desarrollado enfermedades terminales producto de las afectaciones psicológicas que genera la pena moral, la organización Médicos sin Fronteras ha reconocido que en los episodios de conflicto y posconflicto, la salud mental es uno de los pilares más importantes, pues como indicaron en su informe ‘Las heridas menos visibles: salud mental, violencia y conflicto armado en Colombia’: “Aunque menos visibles que las heridas de bala, los efectos psicosociales de la guerra también tienen un impacto profundo en la vida de las personas”.

Al respecto, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, reconoció la muerte por pena moral en el 2007, lo que, según la abogada Adriana Medina significa, que todas las personas que hagan parte de los países vinculantes del Sistema Interamericano de Derechos Humanos que consideren y demuestren que han sido víctimas de pena moral por parte del Estado, pueden presentar una denuncia.

“Si se llega a presentar una denuncia de una comunidad que fue afectada de pena moral por causas en las que haya habido participación del Estado, el Estado sería responsable”, indicó Medina.

De hecho, al 2007 se habían registrado 20 casos de personas víctimas de pena moral en Colombia que fueron reconocidas e indemnizadas por la CIDH. Sin embargo, no hay un registro público exacto por parte de la Corte que dé cuenta de las denuncias recibidas hasta el momento.

Al respecto, la Corte indicó en un informe de Jurisprudencia de Derechos Humanos que los daños morales e inmateriales deben ser reconocidos porque pueden generar sufrimientos y aflicciones a víctimas directas y a sus allegados, pues como indicó quien fuera la psicóloga social de Médicos sin Fronteras en 2017, Alejandra Pereira, “cuando el cuerpo grita es porque el alma está pidiendo que la escuchen”.

*Nombres cambiados por seguridad de las fuentes

Esperaba a su hijo asomada en la puerta
Víctimas del conflicto

José Antonio Lozano, hijo de María Ignacia Calderón, fallecida por pena moral, visitó recientemente el parque monumento a las víctimas de Trujillo.

Foto: Erly Sánchez

Eran las 9:00 a.m. en Trujillo cuando José Agustín Lozano, un joven de 28 años que trabajaba en ebanistería, salió a la cooperativa en la que laboraba. A pesar de que en el pueblo ya se había advertido sobre los secuestros masivos, Lozano no tenía razones para pensar en convertirse en un blanco para los grupos paramilitares que operaban en esa época.

José Antonio, uno de los hermanos mayores de Agustín, cuenta que fue ese 2 de abril de 1990 cuando un vecino salió corriendo a avisarle que a su hermano, y a Herbey y a José Vargas, los habían sacado a la fuerza del local de ebanistería y los metieron a una camioneta sin acusarlos de crimen alguno.

Dos días después, en el pueblo circulaba el rumor de que los habían visto salir de una oficina del DAS en Tuluá. Sin embargo, pasaban los meses y la familia Lozano Calderón no recibía ninguna noticia del paradero de Agustín.

Hoy, cuenta un vecino que presenció el momento, que cuando estaban subiéndolos al carro, los paramilitares le advirtieron que no fuera a decir nada porque “por sapo se lo podían llevar a él también”.

No había pasado ni un año después del secuestro cuando la madre de José Agustín, María Ignacia Calderón, ama de casa de 64 años que se dedicaba a cuidar de sus ocho hijos, comenzó a presentar fuertes cuadros de depresión.

“Mi mamá sufrió mucho con ese problema. Ella se sentaba a almorzar acá en el comedor y estaba comiendo y de repente se paraba en la puerta a poner cuidado a ver si volvía mi hermano”. Cuenta José Antonio, que esta pesadilla para su madre hizo que comenzara a sufrir de insomnio.

“Por la noche ella iba y se acostaba un ratico y volvía y se paraba a asomarse a la puerta a ver si llegaba”. Pasaron ocho meses y seis días para que los dolores del alma por su hijo afectaran moral y físicamente su corazón.

Su familia recuerda que desde ese 2 de abril, lo único a lo que se aferraba su madre era a las misas matutinas diarias del pueblo. Entonces caminaba y rezaba por el parque rogándole a Dios por el pronto encuentro con el penúltimo de sus ocho hijos. Ella nunca perdió la esperanza.

“Los médicos nos dijeron que eso era emocional por la pérdida del hijo y le mandaban drogas para los nervios, pero igual ella empezó a sufrir del corazón después de eso. Ya comía poquitico y no dormía casi”. Un paro cardiaco terminó con su vida el 15 de enero de 1991, cuando después de varios meses esperando la llegada de Agustín en la puerta de la casa, partió por las enfermedades mentales que nunca le pudieron controlar.

"Hay que activar redes de apoyo”

Alejandra Pereira Gutiérrez, psicóloga y especialista en Gerencia Social de la Universidad Javeriana de Cali, tiene experiencia en terapia social en población vulnerable o afectada por el conflicto colombiano.

Del 2015 al 2017 trabajó como psicóloga de la organización Médicos sin Fronteras en el municipio de Buenaventura, brindando atención en salud mental a población víctima de violencia sexual, intrafamiliar y armada.

¿Qué tanta relación tiene el desarrollo de enfermedades biológicas con el estado emocional?

Se relacionan muchísimo. Según los médicos hay enfermedades que viven dentro de nosotros y que se desarrollan o no, dependiendo de las vivencias que tengamos. Entonces, si tenemos una persona que ha estado expuesta al conflicto, estas enfermedades del alma se empiezan a proyectar en el cuerpo porque los neurotransmisores se ponen en función del dolor.

¿Cómo se desarrollan las enfermedades mentales en personas que han vivido el conflicto armado?

En las personas que han vivido alguna situación de conflicto es común que se dé la normalización de los síntomas. Una persona de pronto ya no siente miedo al escuchar las balaceras porque eso se convierte en algo cotidiano, lo que en ocasiones puede generar conductas violentas. En estos casos, casi siempre las personas buscan de la religión o empiezan a querer compartir más con sus seres queridos como para aferrarse a algo, porque sienten que en cualquier momento los pueden a matar.

¿Cuáles son esas enfermedades más comunes que puede generar un daño en la salud mental?

Es complejo identificar qué enfermedad se puede generar, pero cuando una persona traga esos sentimientos, normalmente se pueden ir desarrollando enfermedades en la garganta, el estómago, la cabeza o la espalda, porque son estos órganos los que biológicamente canalizan algunas de estas situaciones.

¿Cómo debería ser el tratamiento de la salud mental para personas afectadas por el conflicto?

Lo primero que se debe hacer es valorar el dolor, que las víctimas sientan que son importantes para la persona que los está escuchando. Eso permite poder revisarlo a fondo y comenzar a reestructurar muchas cosas. Es importante también comenzar a activar las redes de apoyo en la familia o en la comunidad. Es como cuando uno hace un canje de algo, no vamos a quitar el dolor, pero intentamos que no sea lo primero en tu vida. Este tipo de tratamientos buscan brindarles a las personas herramientas para que ellas mismas superen el duelo.

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